LUNES A MI BOLA. Columna de Pepe Imbernón

La ruta de los elefantes

PEPE IMBERNÓN. 9 sep. 2019

En las ‘Alameditas’, en Valencia, mi madre aprendió a montar en bicicleta los domingos, cuando mi abuelo, el Papi, descansaba en el Banco Central. Alquilaba una bicicleta y le enseñaba a montar con tan solo 6 años.

También los domingos, y en bicicleta, el Papi, con el vecino, el señor Joaquín, llenaban un saco de pan que hacía mi abuela, la Mami, con chorizo y salchichas, queso y también litros de vino. Lo llevaban a las montañas, a sus amigos ‘los maquis’, viejos republicanos escondidos desde el final de la guerra civil. Volvían bien entrada la noche, pero muy satisfechos de haber dado de comer los que no estaban de acuerdo con el régimen que imperaba y que seguían luchando, a su manera, por la República, que ya no existía.

Mi abuelo era republicano y ‘rojo’ convencido, no pudo ascender nunca en el banco, porque estaba castigado.

Los flamencos son de color rosa. Me ponen mas  las panteras… los pastelitos. Tienen las patas largas, parecen palos, y están llenos de pulgas. Van con su pico de un lado hacia otro cogiendo bichos del agua, realmente no sirven para nada. Solo ofrecen color y son geniales para las fotos bonitas y los documentales de La 2. Alzan el vuelo a la vez y se asustan porque pasa un helicóptero.

Siempre nos repiten las mismas imágenes de flamencos, comenzando a volar, para darnos una sensación de libertad falsa, de naturaleza impostada a través de la caja tonta. Es como cuando te bebes 10 tercios de cerveza… Obtienes una felicidad falsa.
Pues eso. ¡Porca miseria!

Se cortó la luz en todo el pueblo. En todas las casas encendimos las velas… y de repente, un gran resplandor nos sorprendió. Surgía desde el interior de la pinada, como si una bomba nuclear pequeña (de pega) hubiera estallado, silenciosa y con matices multicolores. Un rayo de luz subió hasta el cielo, hasta que desapareció en cuestión de segundos. 

¡Hemos visto un OVNI!… Gritaban las madrileñas entre risas con los cubalibres de ginebra Larios sin hielo y Coca-Cola bien agarrados, casi derramados, y calientes, como les gustaba libarlos.

Marisa, que en aquel verano del 1977 era  la chica más guapa de la playa, pegaba saltos meneando sus palmitos, con unos vaqueros muy cortos con flecos y sandalias hippies con anillo en el dedo gordo del pie. Pelo rizado rubio, sus labios rojos, gordezuelos como dos claveles reventones. Siempre llevaba un comediscos colgado del hombro y en su bolsa de cuero una margarita dibujada en la piel con la cara de Bob Marley. Tenía discos ‘single’ de los Beatles, Los Brincos, Los Puntos y Fórmula Quinta.

Sus ojos azules, dientes como perlas que parecían nacarados y una sonrisa de anuncio de televisión, hacían que me quedara embobado mirándola fijamente, como Benny Hill cuando se quedaba extasiado y veía las chicas guapas. Me imaginaba pues eso, que me lo pasaba muy bien, como lo hacía el bueno de Benny… Soñaba despierto.

A mí me volvía loco esa zagala. Un chaval de 11 años nunca podría competir con una chica de 18. Estuvo tan solo dos veranos y así, sin más… dejé de verla. Hoy he recordando su imagen. También tengo una vieja foto en la que salimos toda la pandilla.

Las películas de cine clasificado «S» siempre las veíamos a escondidas, desde el montículo que había enfrente del cine de verano, una montaña de arena de una obra que estaban haciendo. Un chalet concretamente.

Recuerdo una cinta en blanco y negro de los años 20 (nosotros subidos en la montaña de arena agazapados, con los ojos bien abiertos sin perder ripio), en la que salía un tipo vestido de árabe con turbante y tocando una típica flauta para que una cobra saliera de un cesto… se pueden imaginar que el cesto lo tenía el tipo en su regazo y que la cobra no era otra cosa que la ‘méntula’ del individuo, que escalaba erguida, sin sujeción alguna, unos tres metros hasta donde la chica estaba colgada de las manos. Surrealismo puro y de bastante mal gusto, y pornografía incluso ridícula.

Todos pensamos que un fallo en algún transformador originó lo sucedido en la pinada. Tremendo ese silencio que solo recuerdo en los funerales de algún familiar muy querido. Un silencio que parecía la nada. No se escucho nada con aquel resplandor. Doy fe de ello. Años después lo recuerdo y creo que realmente que vimos una nave extraterrestre en la pinada de La Mata.

En más de una ocasión acompañé a mi padre a hacer la ruta de los elefantes con sus amigos. Caminábamos por la playa, siete kilómetros de playa. Lo bueno de esta caminata es que íbamos parando en cada chiringuito y tomando un vermut con tapa en cada bar. En el último chiringuito acabamos trompa. Por eso mi papá le puso ese nombre tan ingenioso, la ruta de los elefantes.

Ocurrió en los ochenta. En el camerino, después de un concierto de Chuck Berry, el bueno de Keith Richards fue a saludarlo y le dio un toque por detrás, en la espalda, para llamar su atención. El amigo Chuck sin mediar palabra, se dio la vuelta y le soltó un puñetazo en la nariz. Al ver de quién se trataba se disculpó y le pidió perdón: «No sabía que eras tú. Es que no me gusta que me den por la espalda, soy muy nerviosito». La cosa termino bien, se tomaron diez cervezas y unos cuantos bourbons y les invadió una «falsa felicidad» en aquel camerino del Gran Teatro de la ciudad de Memphis, Tennessee. Era el año 1983.

Y con esta anécdota tan bonica que no tiene nada que ver con todo lo que he contado les digo que ‘chimpún’ y hasta la semana que viene.

PEPE IMBERNÓN. Radiofonista

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