LUNES A MI BOLA. Artículo de Pepe Imbernón

Los botes de Colón

21 oct. 2019. PEPE IMBERNÓN

No podré olvidar nunca los botes de Colón. La Pantera Rosa intentando salir, escalando… buscando el aire… prácticamente ahogándose y en las últimas, abriéndose paso a través del detergente. Escapando de su bolsa de plástico totalmente desmontada. Y yo, componiéndola y armándola audazmente para tener así un muñeco espigado y muy ‘pink’. Envidia de todos mis compañeros de colegio. Mi madre compraba los botes de Colón de dos en dos porque yo se lo pedía. Y ella, lo que le pedía el ‘pequeñico’ de la casa lo hacía sin rechistar. Siempre me han tenido muy mimado mi madre y mi tía Salvadora…

Parte de mi mundo siempre ha girado alrededor de la Pantera Rosa. Los pastelitos también formaron parte de aquella niñez y aún sigo comprándolos, a pesar de que lleven colesterol, grasas saturadas y todas esas mierdas que me importan poco. Amo los pastelitos. Tengo todos los modelos de muñequitos del felino de aquella época. Aún los conservo. Después aprovechábamos el bote para hacer una batería. Cómo se estilaba en aquellos tiempos con los botes de Colón o de Skip.

Así me instalaba y vivía en mi propio ‘yoísmo’ y me amaba e idolatraba a mí mismo. Los niños como yo éramos felices. A pesar de algunos profesores que intentaban acosarnos, que nos maltrataban. Otros, sin embargo, nos alentaban a seguir con nuestras propias ideas, con los juegos, con los sueños. «Poli bueno, poli malo».
 
Mi niñez ha sido así. Me han enseñado a ser persona (o al menos eso creo yo). Superando a compañeros bordes y envidiosos, fruto de la mala educación en sus hogares. También remontando de la maldad profunda de  algunos maestros, que ponían cara de auténticos malos mafiosos torturando a cualquier policía infiltrado y no temblaban a la hora de darte varios ‘palmetazos’ en  la yema de los dedos, o pegarte una bofetada en clase de matemáticas porque no estabas prestando atención. En aquella época, las cosas eran así. Algún padre fue a clase y cogió de la pechera a estos individuos, que gracias a los dioses, fueron pocos en mi camino. Hoy en día, es imposible concebir que ocurra algo así en un colegio.
 
Luego están las calles, largas, malas ‘falladas’ vías, por donde circula el tráfico y que son todas iguales. También están las ramas, las cañas. Las ratas que caen de las palmeras (si te descuidas te  abollan la cabeza, pesan más de kilo y cuarto). También están los gorriones, los ratones, las cucarachas. Incluso, cabe la posibilidad de que se estrelle un avión de cualquiera de las miles de líneas que vuelan sobre nuestras cabezas. Y así, una larga lista de obstáculos que nos vamos a encontrar cada jornada en nuestro camino. En ese camino que marca nuestras vidas y que a veces no sabemos cómo se va a desarrollar en cualquier momento, en cada instante, porque todo es arbitrario y azaroso.

Por la acera las bicicletas, los monopatines, los patinetes, los locos, los borrachos, los pedigüeños, los niños desbocados que tienes que agarrarlos para que no los pille el coche al cruzar. También hay personas mayores, hay que ayudarlas a llegar al portal, porque van cargadas con bolsas de la compra. Las macetas que cuelgan de los balcones, siempre corriendo el peligro de que te caiga una encima y te mate. Los aparatos de aire acondicionado que  están suspendidos en un sexto piso en la Gran Vía. También están los pasos de cebra que  resbalan como la vaselina que te aplican cuando vas a revisarte la próstata. Los hay quienes a veces se caen y se rompen la cadera.

Los autos, que van desenfrenadamente adelantando el uno al otro, en cualquier calle de la ciudad en donde solo se puede circular a 30 kilómetros por hora, como máximo. Los idiotas que se sacan mocos en los semáforos. Los tontos que te pitan cuando pasas por un paso ‘de caballo con listas’, los chulos que se creen los dueños de la carretera y van adelantando como si estuvieran en un circuito de automovilismo en plena ciudad…Están todos aquí. En mi ciudad. No todos son peligrosos, pero cada día hay que sortearlos, intentar zafarte de los más tóxicos. Caminar con las ‘orejas tiesas’, como un pastor belga, mirando y acechando. Disfrazado, esquivando… Así, día a día, voy trazando en mi mapa interior el camino que me lleve hasta el ‘laburo’ montado felizmente en el ‘colectivo’, como diría cualquier cantante argentino.

Y me acuerdo de los botes de Colón. De la Pantera Rosa escalando y de esa colección que aún conservo en mi ‘castillo’. En ese piso en el que habito, que está en una colmena, que es como todas las colmenas de esta ciudad… fea. En cada escalón, en cada puerta, se huele a un guiso: arroz y habichuelas, costillejas con aletría, conejo frito con tomate. Llevamos 30 años sin saber si el vecino de al lado es calvo, o usa gafas. Saludándonos en el ascensor, y comentando esas famosas frases: «hoy hace calor»… o el tipico ‘bueno, ya es viernes, menos mal». Aún así ¡¡vivimos!!

Somos afortunados por tener trabajo y pagar muchas facturas. Por ir al supermercado y comer día a día,(otros no pueden) lo que mercamos envasado, enlatado, con fecha de caducidad. No tener que salir con una lanza a cazar un jabalí en mitad de la selva para poder comerlo asándolo en cenizas es todo un avance y un privilegio que nos permiten nuestras modernas vidas.

¡¡Voto a Brios!! ¡¡Viva el bote de Colón!! Por él daría hoy cualquier cosa. Siempre, desde que tengo uso de razón ha sido compañero de mis juegos. Repleto de sorpresas dentro, de olor a recuerdos. Y por fin, termino este escrito recordando aquel estupendo y famoso anuncio: «Si se lo llevan… pues ¡me compro otro!». «Porque yo, me quedo con Lucil». ¿O era Colón?. Y ya está. Chimpum.

Pepe Imbernón. Radiofonista

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