Café con Hugo ¿Somos libres o ya estamos predeterminados?
Por HUGO BENEDETTI
Miércoles, 30 sep. 2026
Durante una entrevista que realicé a María Kodama –quien era la esposa del escritor Jorge Luis Borges– le pregunté si seguía pensando que, al momento de nacer, ya tenemos incorporado todo aquello que nos va a suceder.
Me respondió que sí, que uno ya viene predeterminado. Que Borges solía decirle que, al pensar así, ella era «la primera prisionera de la libertad». Y aunque ella se definía como agnóstica, sostenía esa idea con convicción.
A menudo, esa misma sensación se cuela en nuestros pensamientos cotidianos: ¿Cuánto hay de destino escrito y cuánto de elección propia? ¿Somos artífices de nuestra vida o simples testigos de un camino trazado?
En este tiempo tan particular que vivimos, marcado por la complejidad, la incertidumbre y las tensiones permanentes, esta pregunta resurge con fuerza.
Los desafíos se multiplican: la violencia, los enfrentamientos, el miedo, incluso desde edades muy tempranas. Vemos a niños sumergidos en mundos digitales llenos de acción, ataques, muertes, destrucción, estrategias… mundos donde todo parece resolverse con un clic, pero cuyas consecuencias se reflejan en la vida real: ansiedad, aislamiento, insensibilidad.
¿Qué libertad puede construirse desde esos entornos? ¿Qué futuro se modela en las mentes que aprenden a relacionarse a través del conflicto virtual?
Y sin embargo, también ocurre lo inesperado. Hay caminos que parecían cerrados y se abren de golpe. Ocurren cosas que nunca habríamos imaginado.
A veces, lo improbable irrumpe, cambia todo, nos obliga a rehacer el mapa. ¿Dónde queda entonces la predestinación?
Quizás, como decía Borges a través de María, la mayor libertad es aceptar que no todo está bajo nuestro control. Y que, aún dentro de lo incierto, aún con esa mezcla de destino y azar, podemos decidir cómo vivir lo que nos toca.
Tal vez no elegimos todas las cartas, pero sí cómo jugarlas.
Y ahí está el misterio. Tal vez no se trata de saber si todo está escrito, sino de escribir nosotros –aunque sea una línea– en medio de lo que parece inevitable. Y en esa línea, que puede ser un gesto, una palabra o una decisión, encontrarnos con lo más valioso: nuestra humanidad.