ALDEA GLOBALPRIMERA PLANA

Los niños de Ucrania afrontan su quinto año escolar entre alarmas antiaéreas y refugios subterráneos

Declaración de Ricardo Pires, portavoz de UNICEF, en el Palacio de las Naciones de Ginebra

Martes, 29 sep.2026. RICARDO PIRES-UNICEF
Casi cinco años después del inicio de la guerra en Ucrania, el derecho de los niños y niñas a la educación sigue bajo ataque, con consecuencias que marcarán a toda una generación.
Apenas iniciado el nuevo curso escolar, se han registrado más de mil alarmas antiaéreas en todo el país. Es la cifra más alta para este periodo en los últimos cinco años y casi duplica la del mismo periodo del año pasado.

Esto equivale a más de cien alarmas cada día y al menos cuatro cada hora. Sumy, desde donde hablo hoy, se encuentra entre las tres regiones más golpeadas este año, junto con Mykolaiv y Odesa. Nadie las oye más fuerte ni las siente más profundamente que los niños y niñas.
Estoy ahora dentro de uno de los 22 refugios subterráneos reconvertidos en escuelas que UNICEF ha ayudado a habilitar para los escolares que viven cerca de las líneas del frente. Este puede acoger hasta 300 niños y niñas. Aquí, en Sumy, prácticamente uno de cada dos centros educativos ha resultado dañado o destruido por el conflicto. Es desgarrador ver cómo un lugar que debería ser de aprendizaje y protección queda reducido a escombros.
En todo el país, la situación es igual de grave. Según estimaciones del gobierno, entre enero y agosto de este año cientos de centros educativos más resultaron dañados, lo que eleva a más de 4.200 el total en Ucrania desde el inicio de la guerra. Para los niños y niñas, la esperanza de algo tan sencillo como ir a la escuela sigue viéndose interrumpida por el conflicto, alimentando un ciclo de trauma que parece no terminar.
El coste para la infancia va mucho más allá de los muros destruidos, las cicatrices psicológicas y el sonido de las sirenas.

Los resultados del último informe PISA de la OCDE, publicados este mes, muestran que una proporción significativa de los adolescentes de 15 años en Ucrania que realizaron la prueba —muchos de los cuales han pasado los últimos cinco años de su escolarización en zonas de guerra— aún no ha alcanzado un nivel de competencia en las materias evaluadas que les permita seguir avanzando en su educación. Esto limita sus opciones de continuar estudiando, acceder a empleos cualificados y participar plenamente en la sociedad cuando sean adultos.
Alrededor de un tercio no alcanzó ese nivel básico de rendimiento en ciencias, y cerca de la mitad tampoco lo alcanzó en matemáticas o lectura. Si se compara este rendimiento con el promedio general de la OCDE, la brecha equivale a dos años de escolarización en lectura y a 1,5 años en matemáticas y ciencias.
Del mismo modo, el 56 por ciento del alumnado no alcanzó el nivel básico en al menos una de las materias evaluadas (matemáticas, lectura y ciencias) y el 29 por ciento, casi tres de cada diez, no alcanzó el nivel básico en ninguna de las tres materias.
Según los directores de los centros educativos, el 61 por ciento del alumnado ucraniano asiste a escuelas afectadas por la escasez de materiales y equipos de aprendizaje, y el 54 por ciento estudia en centros que no cuentan con suficientes recursos digitales. Por motivos de seguridad, estos datos proceden solo de 17 regiones de Ucrania, por lo que podemos asumir que las escuelas más cercanas a las líneas del frente cuentan con aún menos recursos.

A pesar de la guerra, Ucrania ha demostrado una resiliencia extraordinaria para mantener el sistema educativo, como confirma la estabilidad de los resultados entre 2022 y 2025. Sin embargo, como seguimos advirtiendo, los niños y niñas de Ucrania necesitan paz para poder aprender adecuadamente.
Después de casi cinco años de guerra, la escuela es uno de los pocos lugares donde un niño puede encontrar cierta sensación de normalidad: amigos, profesores, rutina, un lugar donde sentirse seguro. Eso importa, porque esta guerra está teniendo un enorme impacto psicológico en la infancia.
Ayer Sabrina, de nueve años, me contó cuánto echaba de menos poder estar con sus compañeros de clase, pese a los peligros en la superficie. “Es muy bonito volver a estar juntos y no tener que aprender por internet. Solo echo de menos nuestros paseos habituales y jugar fuera, pero ahora es demasiado peligroso, así que nos quedamos dentro todo el día”, explicó, y aun así lo contaba como una buena noticia.
Niños y niñas como Sabrina han pasado años despertándose con explosiones, corriendo a refugios, siendo desplazados de sus hogares, separados de sus amigos y preguntándose cuándo llegará el próximo ataque. Vemos a niños y niñas con dificultades para dormir, concentrarse y regular sus emociones. Un niño no puede simplemente dejar ese miedo en la puerta del aula.
Una sirena antiaérea significa que una clase de matemáticas se interrumpe a la mitad. Los niños y niñas dejan sus pupitres y van al refugio. Esperan a que termine la alerta. Vuelven. Intentan concentrarse de nuevo y entonces vuelve a sonar la sirena. Conviene repetirlo: los niños y niñas y sus padres y madres hacen todo lo posible por estudiar. Pero el impacto de esta guerra es claro y palpable.

En medio de todo esto —y como reflejo del esfuerzo de las familias, el gobierno y los aliados humanitarios— cerca de 4,2 millones de niños y niñas retomaron sus estudios este septiembre, incluidos más de 712.000 alumnos de educación preescolar. Más de 366.000 docentes también regresaron a las aulas.
Un número considerable de niños y niñas sigue dependiendo de modalidades híbridas o completamente en línea, en un contexto que cambia constantemente a medida que las zonas y el número de ataques varían y se intensifican. Casi la mitad de los niños y niñas en edad preescolar no tiene acceso regular a educación y atención de la primera infancia, perdiendo oportunidades para desarrollar habilidades fundamentales para el aprendizaje a lo largo de la vida.

Y ahora se acerca otra amenaza: el invierno. Los ataques contra las infraestructuras provocarán interrupciones en el suministro eléctrico y la calefacción. El año pasado, casi dos millones de niños y niñas sufrieron condiciones invernales extremas tras quedarse sin calefacción, electricidad y agua. Los cortes de energía también interrumpieron las clases en línea, y las zonas cercanas al frente, como Sumy, fueron las más afectadas.
El plan de respuesta de UNICEF para el invierno 2026-2027 tiene como objetivo llegar a 3 millones de personas, incluidos 540.000 niños y niñas. Incluye la reparación de sistemas de calefacción y la instalación de sistemas de energía de respaldo en las escuelas. Esto permitirá que 375.000 estudiantes puedan seguir aprendiendo de forma presencial durante el invierno. Junto con nuestros aliados, también estamos rehabilitando refugios escolares, reparando centros educativos dañados por los ataques, apoyando programas de recuperación del aprendizaje y ofreciendo apoyo de salud mental y psicosocial.
Estamos haciendo todo lo posible para que los niños y niñas sigan aprendiendo, pero ninguna ayuda puede proteger su educación de las consecuencias de los ataques continuados.
Para contribuir al trabajo de UNICEF en Ucrania, pulsar AQUÍ.

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